La brújula del camaleón

El blog de Lua Soleil – cultura, viajes, fotografía, cine y literatura

El Camino hacia Santiago 5 – Palencia, Santander, Comillas… y una noche toledana 30 de agosto de 2012

On the train

MG (detrás), Miguel y yo. Los tres ruteros de viaje




01/agosto/2012 – El albergue juvenil de Palencia es enorme y muy cómodo. Tiene habitaciones dobles no divididas por sexos, duchas individuales para los vergonzosos, Internet, salas para realizar actividades, un comedor enorme donde desayunamos de fábula y hasta un gimnasio. El precio: 8.50€ para menores de 30 años. Nos quedamos alucinados de que una ciudad tan pequeña tuviera un albergue tan grande y equipado. Y, además, sólo lo estábamos ocupando 4 huéspedes: nosotros tres y otra chica. Aunque, según nos contaron, la semana anterior había estado lleno. Quién sabe.


Después de la noche en blanco, el día anterior nos habíamos acostado prontísimo, tras una ducha relajante que nos bajó la tensión y nos hizo notar más el cansancio. Dormimos como benditos pero nos despertamos pronto para llegar a ese primer autobús que nos llevaría por fin a Santander. Pero como nada nos podía salir según lo previsto, el taxi que tenía que venir a recogernos para llevarnos a la estación llegó y se fue sin nosotros al no vernos en la puerta. Al taxista ni se le ocurrió llamar o entrar a ver cómo estábamos esperándolo en la recepción. Así que, perdimos el autobús… y, otra vez, el siguiente transporte era a las 18.45h, como el día anterior, puesto que era jueves y, como decía en el anterior post, el de las 15h sólo pasaba los fines de semana. ¿Sería posible? ¿Otra vez estancados en Palencia? Nos estaba gustando mucho pero… no podíamos quedarnos eternamente. Entre otras cosas porque teníamos que encontrarnos con unos amigos en el norte un día después. Y, además, estaba el tema del dinero: no teníamos mucho y, gastar tanto en una misma ciudad que, además, ya habíamos visto durante dos días…


Nos planteamos dos cosas: 1. Pasar otro día y otra noche en Palencia para, al día siguiente, coger el autobús de primera hora que acabábamos de perder. 2. Irnos en tren. Al final ganó el tren. Era más caro que el bus, sí, pero si nos quedábamos íbamos a gastar mucho más de lo que costaba el billete, así que nos fuimos. Eso sí, a las 15.30h, Palencia no nos dejó irnos más pronto.


On the train

Adiós, Palencia. Ahora, a Santander.

Y así, pasamos unas tres horas dormitando a ratos y observando cómo el paisaje iba cambiando del dorado seco de los campos castellanos al verde húmedo de las montañas cántabras.


Landscape from the train

Los primeros valles

 


Landscape from the train

Los puentes para transitar las montañas del norte

Y, por fin, llegamos a Santander después de tanto problema de horarios, trenes, taxis y buses.


Mochileros

Posando con todas las mochilas en Santander




Aunque, como llegamos a las 19h a la capital de Cantabria, no hubo tiempo de hacer turismo. Yo estaba segura de que tardaríamos más de una hora en ir y volver (mochilas y su peso incluidos) si queríamos ver el Palacio de la Magdalena. Por lo que, no sin cierto pesar, lo descartamos y nos tomamos un café esperando el autobús para Comillas.

Se nos hizo de noche por el camino y, al final, tampoco hubo tiempo de buscar alojamiento. Pero la noche en blanco de Palencia nos había demostrado que podíamos pasar una noche al raso bastante bien, con lo que decidimos hacer lo mismo. El único inconveniente: aún no nos habíamos enterado de que estábamos en Cantabria.


Sobrellano Palace, Comillas (Cantabria, Spain)

El palacio de Sobrellano, la antigua “casa” de veraneo del marqués de Comillas




Caminamos desde el Palacio de Sobrellano (donde bajamos del bus,ya en Comillas), hasta la playa, atravesando el pueblo. La plaza aún estaba animada, había gente cenando, pero nosotros acabábamos de hacerlo, nada más llegar en una hamburguesería cercana al palacio. Pasamos junto a la iglesia, mirando al pasar la torre con su reloj y el antiguo ayuntamiento, que está justo al lado.


Torre de la iglesia de Comillas

La torre de la iglesia de Comillas




Anduvimos sobre los adoquines de la antigua villa pesquera, convertida en el transcurso del siglo XIX en una villa de veraneo para la aristocracia, tras en nombramiento del primer Marqués de Comillas, Antonio López y López. Subimos hacia la parte alta, dejando atrás los bares donde había algunos grupos de jóvenes de fiesta y descendimos de nuevo para llegar a la playa. Allí hay un jardincito donde teníamos pensado sentarnos a pasar una noche de cartas o, si nos daba sueño, hacer vivac unas horas.


Adoquines

Los adoquines de las calles de Comillas




A pesar de la insistencia de MG, no pude llegar a sacar las cartas. Por alguna razón había estado muy activa en el tren mientras ellos dormían y, ahora, claro, la que tenía sueño era yo. De todas formas, Miguel tampoco se opuso demasiado. En el fondo todos estábamos aún cansados de la noche de Palencia que habíamos pasado sin dormir (el cuerpo tarda en recuperarse y más aún si estás de viaje). Por lo que decidimos dormir un poco.


Lo malo era q empezaba a hacer frío como para echarse sin más contra una mochila sin taparse y, además, había empezado a caer un calabobos que, a lo tonto, nos podía dar problemas. Con lo que buscamos la zona donde las ramas de los árboles eran más espesas y, como vimos que el césped estaba húmedo, pusimos una gran sábana de aluminio, la cual sacó MG para sorpresa de todos. Cuando digo que ella es la mami del grupo, es por algo, pues, aparte de eso, sacó también varias fundas impermeables para nuestras mochilas y una capa de agua, que extendimos sobre los sacos de dormir. Ya que habíamos empezado a acomodarnos, pues lo hicimos por completo.


La cosa quedó así: sobre el aluminio, pusimos los sacos, en ellos, nos acurrucamos, echamos dos capas de agua por encima (la mía también) por si la lluvia arreciaba y a la cabeza colocamos todas las mochilas, cubiertas por bolsas y fundas impermeables. Quedó de foto. La pena es q no hubiera mucha luz como para hacer una.


Por si acaso, también habíamos previsto que hubiera algún sitio cerca en el que poder refugiarnos si llovía mucho. Enfrente teníamos una especia de merendero que podía venirnos muy bien, con su mesa techada.


El tiempo que dormí, lo hice intranquila. Ya cuando habíamos terminado de montar todo había comenzado el chispeo a ser más fuerte pero, al cabo de un rato, el árbol comenzó a calar y yo notaba entre sueños cómo las gotas me iban mojando la cara, manteniéndome en un duermevela constante. No pude dormir a gusto y menos mal, porque, si no, no sé quién habría avisado a mis dos queridos ceporros de que el chispeo estaba a punto de convertirse en lluvia de verdad y dejarnos pasados por agua. Los desperté justo a tiempo de poner a salvo todas nuestras cosas. Bueno, a Miguel, porque MG cuando duerme no hay quien la mueva, ella habría seguido durmiendo aún con un chaparrón cayéndole encima.


Medio dormidos, congelados y preocupados por nuestros sacos (lo más imprescindible de nuestro equipaje) nos metimos bajo aquel merendero sin hacer ruido, ya que había casas justo al lado. Además, a Miguel le habían picado los mosquitos y le estaban saliendo los bultos típicos en las manos. Yo tuve suerte en eso, cosa rara, y MG…, bueno, ella no había dado lugar siquiera a ello puesto que había estado completamente metida en su saco. No sé cómo pudo seguir respirando todo ese rato. Yo, lo que hacía era temblar de frío.



Cantabria nos acababa de demostrar dónde estábamos.



Mosquitos en la noche

Miguel poniéndose amoníaco en las picaduras de los mosquitos, mientras esperábamos a que parase la lluvia




Comprobamos que nuestras cosas estaban bien y, un poco gruñones por el sueño (creo que apenas dormimos 2 horas), empezamos a debatir qué hacer o dónde meternos. Era una pena porque otros años MG y yo habíamos pasado noches enteras hablando en la playa de Comillas y nunca había caído ni una gota. Pero el norte es el norte y nunca se sabe. Aunque sea verano, puestos a hacer frío y llover, este es el lugar.


Decidimos guardar todo y, cuando escampara un poco, volver rápidamente al pueblo antes de que lloviese de nuevo y colocarnos bajo alguno de los soportales. En realidad, sólo había dos opciones: bajo el antiguo ayuntamiento (donde habíamos visto a chicos haciendo botellón y había basura por el suelo) y bajo el nuevo. Está claro que fuimos al nuevo.


Nos pusimos en una esquina, lejos de la puerta pero pegados a la calle. Ya no tuvimos lluvia, pero entonces empezaron a pasar gritando un montón de niñatos borrachos que volvían de una discoteca de las afueras. Yo, desde luego, no pude dormir. Mis queridos ceporrines, un poco más que yo, aunque no sé cómo.


Cuando llegó la mañana a Comillas yo estaba toda agarrotada de haber estado encogida por el frío y cabreada con los niñatos. Por suerte, ni los barrenderos ni los funcionarios del ayuntamiento que pasaron por allí nos dijeron nada…aunque si no acampas y sólo te acuestas no tienen nada que decirte, pero lo agradecí. Cuando ya no pude más, di un empujón a cada uno de mis compañeros y les pedí que nos fuéramos a buscar un bar donde despojarme del frío. Un chocolate caliente era justo lo que me pedía el cuerpo y Miguel se ofreció amablemente a ir a ver si alguna de las churrerías estaba ya abierta. A MG, de nuevo enfundada en su saco, no había quien la moviera, así que me dediqué a zarandearla y a recoger mientras Miguel volvía.


Una de las churrerías estaba abierta. Genial. Al final la pobre MG se levantó como una valiente, enfurruñada por el sueño aunque animada por la perspectiva del chocolate y terminó de recoger conmigo de modo que por fin pudo terminar esa noche toledana.


Pero ahora ya sabíamos dónde estábamos… O lo empezábamos a saber.



Waking up in Comillas

MG recogiendo su saco medio adormilada, tras la noche toledana




LEE  LA  AVENTURA  DESDE  EL  PRINCIPIO:

Capítulo 1 – Un comienzo accidentado

Capítulo 2 – Carretera, manta y… Cagaditas

Capítulo 3 (Primera parte) – Hacia Palencia, una noche movidita (I)

Capítulo 3 (Segunda parte) – Hacia Palencia, una noche movidita (II)

Capítulo 4 – Palencia la bella no quiere dejarnos marchar

Capítulo 4 (Parte 2) – Anexo de fotos, Palencia

O SIGUE LEYENDO:

Capítulo 5 (Parte 2) – Anexo de fotos de Santander

Capítulo 6 (Parte 1) – Comillas dulce y amarga

 

El Camino hacia Santiago 4 (2) – Anexo de fotos, Palencia 29 de agosto de 2012



(LEE EL ARTÍCULO DEDICADO A NUESTRA AVENTURA EN PALENCIA)



En esta entrada os enseño el resto de fotos que tengo del día que pasamos en Palencia. No podía incluir tantas en el post anterior, donde os cuento el recorrido que hicimos, pero he pensado que ilustrarían mucho mejor esta ciudad tan bonita, aunque no sea tan turística como otras:


Catedral de Palencia

La fachada principal de la catedral de Palencia.


West front of Palencia's Cathedral

Fachada oeste de la catedral de Palencia.


Carrión river, Palencia, Spain

Fotografiando a los patos del río Carrión.


Puentecillas

MG y yo sobre el puente de Puentecillas.


Junto al río Carrión

Junto al río Carrión, bajo la sombra de los árboles.


Colegio de Villandrando

El Colegio de Villandrando, en la Calle Mayor de Palencia.


Fotografiando la catedral

Fotografiando Palencia.


LEE  LA  AVENTURA  DESDE  EL  PRINCIPIO:

Capítulo 1 – Un comienzo accidentado

Capítulo 2 – Carretera, manta y… Cagaditas

Capítulo 3 (Primera parte) – Hacia Palencia, una noche movidita (I)

Capítulo 3 (Segunda parte) – Hacia Palencia, una noche movidita (II)

Capítulo 4 – Palencia la bella no quiere dejarnos marchar

O SIGUE LEYENDO:

Capítulo 5 (Parte 1) – Palencia, Santander, Comillas… y una noche toledana

Capítulo 5 (Parte 2) – Anexo de fotos de Santander

Capítulo 6 (Parte 1) – Comillas dulce y amarga

 

El Camino hacia Santiago 4 – Palencia la bella no quiere dejarnos marchar

Playing cards

Jugando a las cartas en el suelo de la estación




31/julio/2012 – Cuando amaneció el día 31, después de la noche de los aspersores, seguíamos despiertos con nuestra partida de cartas. Noche en blanco. Sin embargo, estábamos faltos de cafeína, comida y bebida, así que nos metimos en la cafetería de la estación de tren en cuanto abrieron. El desayuno nos sentó muy bien, al igual que terminar la partida de cartas y planear el nuevo día.


La planificación, con MG, es ineludible. Ella es la organizada del grupo, mientras Miguel y yo somos un par de aves locas y despreocupadas. Así que se puede decir que nosotros la arrastramos a la aventura, y por eso le gustamos, y ella nos cuida cual mami y es por eso que la necesitamos. Es la que ha previsto que nos dolerá la cabeza y lleva aspirinas, que nos haremos heridas y, por ello, lleva antisépticos y tiritas, que hará sol, y nos presta gorras. MG es la parte práctica y previsora.


Así que, plan del día: ir a la estación de autobuses, dejar las mochilas en una taquilla, mirar los horarios para dejar Palencia e irnos así a Santander a empezar, por fin, el Camino. Y, mientras se hacía la hora de marcharnos, veríamos Palencia de verdad y no apurados, como el día anterior. Y eso hicimos.


Viendo el mapa

Mirando el mapa de Palencia frente a la estación




Si MG es la parte previsora, la mami, Miguel es el guía, el que, esté donde esté, siempre se orienta. Por algo es medio topógrafo. Le encantan los mapas, mirarlos de arriba abajo, estudiarlos. Me encanta cómo los estudia y también cómo de un vistazo se los aprende. Diseñó una ruta por Palencia, nos la señaló en el mapa y no necesitó volver a mirarlo para llevarnos a ver lo más bonito.



Mapa de Palencia

Éste es el mapa que seguimos, en el que salen todos los principales monumentos de Palencia




Primero, cruzamos el parque Jardinillos de la Estación, donde ocurrió lo de los aspersores la noche anterior:



Parque de Jardinillos, Palencia

Éste es el gran palomar que aparece en el mapa, arriba a la izquierda (en el Parque de Jardinillos)




Cruzamos y llegamos junto a la iglesia de San Pablo, donde hay un monumento a los Nazarenos:


Monumento a los nazarenos

Miguel y yo haciendo un poco el memo




Aunque posamos haciendo el tonto junto a ellos, la verdad es que nos gustaron mucho.
Desde allí, seguimos caminando y descendimos hasta llegar a un gran parque, donde comimos un buen bocata de jamón antes de acercarnos al río Carrión a ver el Puente de Puentecillas.



Puente romano de Puentecillas, Palencia. Esas figuras pequeñitas que hay sobre el puente somos MG y yo 🙂




Este puente es uno de los símbolos de la ciudad. Como ponía en la placa que había junto a él: “De origen romano, reformado en el siglo XVI, era lugar de paso de clérigos que acudían al Sotillo de los Canónigos y de los hortelanos que cultivaban a las orillas del río. Actualmente es el paso peatonal hacia el Sotillo”.


Es un lugar muy tranquilo y agradable para pasear. En el río había patos y, aunque era verano y hacía bastante calor, los árboles daban una sombra que se agradecía bastante.


Y, de allí, cómo no, subimos hacia la catedral.



Catedral de Palencia

MG (izda.) y yo (dcha.) frente a la Catedral de Palencia




La Catedral del Palencia es llamada popularmente: la bella desconocida, porque es muy bonita y una de las más grandes de España, pero pocos se pasan por Palencia para verla. Como es una ciudad pequeña y a la que no se le da mucha publicidad, muchos deben pensar que allí no hay mucho que ver, pero nada más lejos de la realidad. Espero que este post ayude aunque sea un poco para demostrarlo.


Después de todo esto, nos quedaba poco tiempo, así que no nos entretuvimos mucho más y volvimos rápidamente a la estación para poder tomar el autobús de las 15h hacia Santander… O eso creíamos.


Al llegar a la estación y sacar nuestras cosas de la taquilla (que por cierto, no era de las que devolvía el dinero), nos llevamos la desagradable sorpresa de que el autobús de las 15h sólo salía los fines de semana… y era miércoles. No tendríamos otro hasta casi las 19h y esto nos suponía un gran problema porque, saliendo a esa hora, íbamos a llegar a Santander demasiado tarde como para buscar alojamiento.


Empezamos a llamar a los albergues que teníamos pensados para ver a qué hora cerraban la recepción y (oh, sorpresa) nos dijeron que ese mismo día los estaban cerrando todos, pero hasta septiembre. ¡Todos los albergues juveniles de Cantabria! Pero, ¿perdón? ¿Cantabria cierra los albergues  precisamente en verano? ¿En agosto? ¿Cuando más caja se hace? Pues eso nos dijo el recepcionista, que los cerraban al público en agosto y los habilitan para niños de campamento. Me quedé a cuadros. No sé cuándo pensarán que viajan los jóvenes si no es en verano (y más en agosto, ahora que muchos alumnos de grado tienen exámenes en julio). En fin.


Empezamos a barajar otras opciones mientras el sueño intentaba apoderarse de mis compañeros. De mí se había apoderado a las 5 de la madrugada y me había sido difícil sacudírmelo. Pero me había tomado un café y me había activado durante la mañana y, sobre todo, ahora tenía que pensar soluciones rápidas. Miguel, sin embargo, cayó como un bendito poco después y no hubo quien lo espabilara hasta una hora más tarde. Era comprensible que pasara en algún momento del día después de haber pasado la noche en vela.



Sueño

Miguel medio dormido en la estación de bus de Palencia




Por otro lado, MG hizo un esfuerzo grande para no dejarme sola y, visto lo de los albergues, empezó a mirar las dos guías que traíamos en busca de un hostal asequible en Santander. Como yo era la única española de las dos (recordemos que ella es belga) me puse a llamar a diestro y siniestro. Todos los hostales eran mucho más caros de lo que ponía en las guías e inasequibles para tres simples estudiantes y recién licenciados en paro.


Barajamos entonces la idea de no dormir en Santander, sino en Comillas, un pueblo a una hora de distancia de la capital cántabra, el cual conozco bien. Estaba segura de que ahí podíamos encontrar algún lugar mejor. Incluso conocía a alguien que quizá nos podría albergar. Llamé para ver si esto último era posible pero no lo fue. Las cosas se ponían cada vez más difíciles. Pero, de todas formas Comillas seguía siendo mejor opción que la capital. ¿La razón? Que al ser un pueblo, a las malas podíamos tirarnos en la playa a dormir sabiendo que todo estaría tranquilo. Así que seguimos pensando.


Lo principal era mirar la combinación de transportes de la que disponíamos. Pasé un buen rato intentando dar con el horario de autobuses de la capital cántabra a nuestro pueblecito a través del móvil, cuando vi que el último transporte saldría esa tarde de Santander a las 21.30h, mientras que si nosotros arrancábamos de Palencia a las 19h más o menos, llegaríamos a la ciudad a las 22h (media hora tarde para ese bus).


La alternativa de irnos ese mismo día a Cantabria, quedaba totalmente descartada. A no ser que optáramos por la opción del tren. Pero costaba 15 euros en lugar de los 6 ó 7 por los que nos podía salir el bus. Lo descartamos también y ya lo único que pudimos hacer fue otro plan: quedarnos en Palencia, irnos al albergue de juventud (al que no habíamos llegado el día anterior) pasar la noche allí y levantarnos bien pronto para salir hacia Santander en el primer autobús del día. Así tendríamos tiempo de sobra para ver la ciudad, ir a Comillas y buscar alojamiento. Pero eso ya es historia de otro post 🙂


Veiled Chameleon
Foto: “Veiled chameleon” de LaertesCTB, cc en Flickr


LEE  LA  AVENTURA  DESDE  EL  PRINCIPIO:

Capítulo 1 – Un comienzo accidentado

Capítulo 2 – Carretera, manta y… Cagaditas

Capítulo 3 (Primera parte) – Hacia Palencia, una noche movidita (I)

Capítulo 3 (Segunda parte) – Hacia Palencia, una noche movidita (II)

O SIGUE LEYENDO:

Capítulo 4 (Segunda parte) – Anexo de fotos, Palencia

Capítulo 5 (Parte 1) – Palencia, Santander, Comillas… y una noche toledana

Capítulo 5 (Parte 2) – Anexo de fotos de Santander

Capítulo 6 (Parte 1) – Comillas dulce y amarga

 

El Camino Hacia Santiago 3 – Hacia Palencia, Una Noche Movidita (II) 28 de agosto de 2012


(CONTINUACIÓN de El Camino hacia Santiago 3 – Hacia Palencia, una noche movidita (I))


No me suelen gustar los alrededores de las estaciones de ningún tipo, me parecen sitios peligrosos donde, sobre todo por la noche, a uno le puede pasar cualquier cosa. Sin embargo, en Palencia, hay un parque bastante tranquilo junto a las dos estaciones, tanto de autobús como de tren, y el hecho de que hubiera señoras esperando algún tren nocturno me dio confianza. Buscamos un lugar sobre el césped entre varios setos y las chicas comenzamos a extender la esterilla mientras Miguel iba a por provisiones: unas pizzas, patatas fritas y varias coca colas para aguantar bien la noche. Iban a hacer falta. Nos lo comimos todo con ganas y empezamos a jugar a las cartas. De momento, lo único malo era que empezaba a hacer más frío del que habíamos previsto, después de todo, la meseta norte es la meseta norte y, por las noches, sea la época que sea, siempre hará frío, incluso a finales de julio.



El pin de Palencia de mi sombrero

El pin con el escudo de Palencia de mi sobrero de peregrino




Sin embargo, había una sorpresa con la que ninguno contaba. Os daré una pista. Aquella misma mañana, MG y yo hablábamos con Miguel acerca de las anécdotas de la Ruta Quetzal (a la que fuimos los tres, pero en años diferentes, nosotras en 2005 y él en 2006). Uno de los percances que más ocurren en la expedición, son las inundaciones. En la Ruta de Miguel cayó una lluvia torrencial que inundó el campamento, pero en nuestro caso, el mío y el de MG, lo que ocurrió fue diferente. Acampamos sin carpa en el jardín del Palacio de Miramar, en San Sebastián (País Vasco, España), y a eso de las 4 de la mañana nos despertaron los chillidos de nuestros compañeros. Yo miré a mi alrededor y, aún entre las telas del sueño, vi una escena de lo más incomprensible, gente gritando y corriendo de un lado a otro con mochilas y sacos de dormir en las manos, mientras agua de no sabía dónde caía sobre ellos y sus cosas en chorros que salían de muchos lugares diferentes. Yo, de alguna manera, estaba intacta y MG también. Pronto comprendí que se había activado el riego automático y los aspersores estaban calando a todos los insensatos que habíamos creído poder dormir en un lugar tan principal. MG y yo fuimos de las únicas que salieron indemnes, ya que tuvimos la suerte de acostarnos entre tres aspersores que apuntaban en direcciones contrarias. Sin embargo, los demás no tuvieron tanta suerte.



En el Palacio de Miramar (San Sebastián)

Algunos de nosotros la mañana después de lo de los aspersores, sobre la misma pradera del Palacio de Miramar, en la Ruta Quetzal 2005 (yo soy la de la derecha).




En ese punto de mi relato, aquella mañana en Palencia, Miguel me cortó y dijo: “A ver, pero, cuando os tumbasteis allí, ¡alguien vería algo! No me puedo creer que, de 350 personas, nadie viera nada, ni un aspersor”. Yo insistí en que nadie vio nada, ¡si no, no nos habríamos tumbado! Sería de tontos… “Pues…”, respondió Miguel con cara de circunstancias, “eso es lo que digo, me parece un poco tonto no haberse dado cuenta…” MG y yo saltamos al instante: si hubiera estado él allí, veríamos si lo había visto o no. Miguel siguió con la broma: “pues, seguro que sí, yo lo habría visto”


…Cómo tuvo que tragarse sus palabras.


Sobre la misma hora, siete años después, en aquel parque de Palencia, en medio de la partida de cartas, sin previo aviso, recibimos un chorrazo de agua cada uno por varios frentes distintos. Mi reacción fue instantánea. Dando un grito, me abalancé sobre las cartas, lo más débil de todas nuestras posesiones, y las tapé con mi cuerpo los pocos segundos que tardé en darme cuenta de que el agua no paraba. Entonces, comencé a meterlas todas en mi sombrero “de Panamá”, cuando me di cuenta de dónde venía el chorro que me daba de lleno: de mi espalda…¡donde estaba mi mochila! Sólo un mochilero sabe lo importante que es la mochila de uno en una aventura, ¡es tu vida! Es donde llevas todo lo que te mantendrá en el camino. Si se moja, puede suponer un parón en el viaje, que te quedes sin cámara o cuaderno o que pierdas la ropa limpia que te quedaba. Me di la vuelta, pero Miguel ya la estaba agarrando de un asa y salía corriendo con la mía y la suya a la vez. MG gritaba cosas que no recuerdo por la urgencia del momento y recogía las cartas que me había dejado y que se estaban mojando. Entonces, recordó su vendaje del pie y que no podía mojarse y salió corriendo dando tumbos, como pudo.



En Palencia, de camino a Santiago

MG y yo (a la derecha), tras salvar nuestras cosas del ataque de los aspersores (los cuales podéis ver detrás)




Al final salvamos todas las cosas, aunque terminamos con los pantalones y el pelo mojados. “¿Quién decía que habría visto los aspersores?”, le dije a Miguel riéndome. Tuvo que reconocer que no se veía nada cuando llegamos y que estos salen del suelo a la hora programada, sólo entonces desvelando su posición. Al final, tras dar unas vueltas por el parque en busca de otro lugar adecuado, terminamos en la estación de trenes medio dormidos, yo, con frío, y un poco mojados, jugando a las cartas. Pero todos recordaremos esa noche con una sonrisa.


LEE  LA  AVENTURA  DESDE  EL  PRINCIPIO:

Capítulo 1 – Un comienzo accidentado

Capítulo 2 – Carretera, manta y… Cagaditas

Capítulo 3 (Primera parte de este post) – Hacia Palencia, una noche movidita (I)

O SIGUE LEYENDO:

Capítulo 4 (Parte 1) – Palencia la bella no quiere dejarnos marchar

Capítulo 4 (Parte 2) – Anexo de fotos, Palencia

Capítulo 5 (Parte 1) – Palencia, Santander, Comillas… y una noche toledana

Capítulo 5 (Parte 2) – Anexo de fotos de Santander

Capítulo 6 (Parte 1) – Comillas dulce y amarga

 

El Camino hacia Santiago 3 – Hacia Palencia, una noche movidita (I)

Catedral de Palencia #Palencia #spain #españa #travel #photos

Catedral de Palencia, a la que llaman “la bella desconocida”, por no ser la ciudad demasiado turística y, por lo tanto, ser su catedral poco admirada (a pesar de que es una de las más grandes de España y, además, muy bonita).

30/julio/2012 – Tras  habernos acostado a las 5 de la madrugada entre el juego de cartas y el conejo “Cagaditas”, era normal que durmiésemos como si no hubiera un mañana. La teoría era, en un principio, la de levantarnos a una hora decente y salir a ver la ciudad. Luego, Estévez nos recogería en algún sitio para hacernos de guía turístico. Esa era la ingenua teoría. La práctica fue que a las 15h, cuando llegó Estévez de su trabajo, aún estábamos intentando despegar las pestañas. El plan de ir a ver Valladolid antes de marcharnos quedaba claramente anulado si es que queríamos llegar a nuestro siguiente destino, Palencia, a una hora normal.

En fin, tanto MG como Miguel y yo habíamos estado antes en Valladolid y, aunque no era lo ideal, nos conformamos con mirar todo un poco de pasada mientras nos dirigíamos a la estación de autobuses. La cosa fue que, entre el peso de las mochilas y que estábamos más lejos de lo que pensábamos, se nos escapó el bus que pensábamos coger, el de las 18h, y tuvimos que irnos una hora más tarde, algo sin importancia de no ser porque la recepción del albergue de juventud de Palencia cerraba a las 20h en punto. Tratamos de llamar a la recepcionista del albergue para contarle que se nos había ido el autobús y darle un poco de pena para que nos esperase, pero no coló, así que comimos algo a la sombra de una estatua de la Plaza Mayor de Valladolid mientras el sol quemaba el suelo y las coronillas de los transeúntes.

Plaza Mayor de Valladolid

Foto de la Pza Mayor de Valladolid (de angeldp, cc en flickr). Sólo hay que imaginarla con un sol de justicia 🙂

Estábamos un poco preocupados pero no había nada que hacer, sólo llegar a Palencia y preguntar en un hostal que nos había recomendado la encargada del albergue de juventud por teléfono. Al parecer, era barato y cómodo. Y así, tras tomar el bus de las 19h, dimos con nuestros huesos en Palencia.

La ciudad nos recibió con un atardecer cálido de verano. Sudando bajo nuestras mochilas, anduvimos por la Calle Mayor, mirando los edificios históricos a ambos lados y los antiguos soportales. Al llegar al final de la calle, después de media hora de camino, descubrimos que el hostal era demasiado caro para lo que era: un sitio de habitaciones minúsculas y oscuras, sin ventanas, que parecían zulos. Un abuso. Decidimos, pues,  buscar un parque y pasar la noche en blanco jugando a las cartas. Total, era verano, hacía calor y la ciudad era tranquila, ¿qué podía pasar? Así que volvimos sobre nuestros pasos, hacia la estación.

(Si quieres saber el resto, sigue leyendo la segunda parte:
El Camino Hacia Santiago 3 – Hacia Palencia, Una Noche Movidita (II) )

O BIEN, LEE  LA  AVENTURA  DESDE  EL  PRINCIPIO:

Capítulo 1 – Un comienzo accidentado

Capítulo 2 – Carretera, manta y… Cagaditas

 

 
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