La brújula del camaleón

El blog de Lua Soleil – cultura, viajes, fotografía, cine y literatura

Crónicas de Bruselas – Saint Josse ten Noode 3 de marzo de 2014

Saint-Josse-ten-Noode es un barrio de Bruselas que se encuentra al este de la capital y tan sólo a unos 15 minutos del centro. Es una «comuna», que dicen por aquí, un poco sucia en apariencia pero con ese «sabor a pueblo» dentro de una capital. Se encuentra pegada a la zona que la gente llama popularmente «barrio europeo», a pesar de que ese territorio no existe como tal  para la administración sino que es sólo el nombre por el que lo reconoce la gente, y no muy lejos de Matongué, el barrio que ocupan muchos emigrantes africanos. Por lo tanto, la diversidad es grande en Saint Josse: hay emigrantes marroquíes, turcos, de distintas partes de áfrica, españoles, como nosotros y belgas, por supuesto, a parte de otros. Lo más llamativo es que esta diversidad se puede ver reflejada en los graffitis que cubren, casi de forma espontánea, varias paredes y persianas metálicas de algunas tiendas de la calle de Lovaina. Me encantó, sobre todo, uno dedicado a Compay Segundo. Los distintos graffitis tienen como tema la música y la diversidad y algunos cubren fachadas enteras. Si queréis ver todas las fotos de los graffitis y de Saint Josse, podéis hacerlo aquí.

Ésta es la iglesia de Saint- Josse (abajo) y está en la plaza donde se desarrolla la vida de este barrio. En la plaza ponen el mercado de verduras y de otras cosas como jabones y champús, zapatos, etc., en ella hay una escuela y al rededor hay bares, restaurantes  y cafeterías.

 

Saint-Josse-ten-Noode, Brussels

 

En frente de esta iglesia se encuentra la famosa «friterie» de Saint Josse. Según he leído, este puesto de patatas fritas llevaba abierto desde los años 30 y quisieron cerrarlo cuando el último dueño murió, pero la gente del barrio hizo un llamamiento para que siguiera abierto y ahora lo regenta una señora ecuatoriana que tiene enamorados a los vecinos de la zona por su buen hacer. Y las patatas están buenísimas. La gente va por la tarde o los fines de semana y lo que hacen es comprar grandes paquetes para llevárselos a casa para comer o cenar con su familia. Esto a mí me parece curioso y  el colmo de lo belga. En el caso de España compraríamos otro tipo de cosas, como un pollo asado para la comida o algún tipo de dulce de pastelería para la merienda (si tenéis otras costumbres, ¡comentad!). En Bélgica, lo tradicional son las patatas fritas y hay tiendas y puestos que únicamente venden eso y con bastante éxito.

Así pues, en definitiva  Saint Josse parece un barrio un poco dejado en cuanto a restauración y limpieza de sus edificios y calles, pero es interesante por su multiculturalidad, su arte callejero y sus lugares históricos y, por qué no, también deliciosos, como la «friterie».

Espero que os haya gustado este paseo por Saint-Josse, nuestro barrio y una de las «comunas» exteriores de Bruselas. Seguiremos explorando esta ciudad y sus secretos, ¡estad atentos!

 


¿Queréis encontrar este barrio de Bruselas para verlo y/o probar las patatas de la «friterie»?

No tenéis más que buscar en el mapa la Place de Saint Josse, al este de la «almendra» central de la ciudad.
Para llegar allí no hace falta coger el metro, desde el centro son unos 15 minutos andando,
pero para los que no sepan muy bien cómo llegar y quieran tomarlo,  la estación final es MADOU (líneas 2 y 6) y, al salir fuera, hay que bajar andando por la calle Louvain (o Leuven, escrito en neerlandés) hasta encontrar la iglesia de la fotografía.
¡Si probáis las patatas de la «friterie», no os olvidéis de contármelo!
🙂

 

Crónicas de Bruselas – La gris y lluviosa 28 de febrero de 2014

Bruselas nos esperaba fría y lluviosa. Hace unos días, después de una noche de no dormir y cargar maletas, Miguel y yo  llegamos y descubrimos nuestro nuevo piso. Era bastante grande, aunque lo íbamos a compartir con tres personas a las que no conocíamos. Eso me preocupaba un poco porque no sabíamos nada de ellos y además la dueña nos había admitido sin preguntarles por su opinión. Era una situación bastante extraña. Aunque tampoco es que hubiera tenido oportunidad de elegir mucho porque me había costado bastante encontrar un piso.

 

On our way to the airport!

 

Así que dejamos nuestras maletas y salimos a comprar comida y otras cosas de primera necesidad. Llegamos muertos y ya de noche, pero justo a tiempo para ver a nuestros compañeros antes de que se fueran a dormir… a las 9pm. Se tratababa de dos chicas francesas y un inglés y pensamos que no eran muy habladores y que, acostándose a esas horas, íbamos a hacer muy poca vida en común, lo cual es una pena cuando compartes piso porque lo mejor es poder charlar un rato y compartir cosas. Pero, al menos, nuestro primer día estaba superado  y pudimos dormir bajo un techo 🙂

 

Flying!

 

Ciudad de Panamá, Crónica de Viaje 27 de enero de 2010

TURBULENCIAS EN UN DIABLO ROJO Y AGUACEROS BAJO SOMBRILLAS

– Una crónica de Margarita Ruiz Temprano –

   En Panamá no chispea. En Panamá se cierra el cielo en un instante y, después de tres ó cuatro goterones como pelotas, las nubes arrojan sus cubos de agua y ya está montado el aguacero. Pero no es una lluvia fina y furiosa, como la que acostumbramos a ver en nuestra Península, sino pesada y redonda, como si toda la parsimonia y el calor del Caribe estuvieran encerrados en sus gotas y su peso las hiciera engordar y caer.

    Bajo la sombrilla roja de una cafetería callejera, mis amigos y yo nos apiñamos, agarrados unos a nuestras mochilas y otro, al mástil de nuestro improvisado paraguas como si fuera un monillo gigante. Bien podía ser ésta una lluvia fría, que refrescara el ambiente. Pero no. Al caer al suelo, sobre el asfalto caliente, el agua se evapora creando un clima aún más sofocante que el anterior. Si te mojas, sabes que así te quedarás por lo menos un buen rato, debido a la agobiante humedad que a veces incluso te cala un poco los pulmones. Y lejos de sentirte más fresco… cuando te dé el sol te notarás aún más sudado. En Panamá, la lógica común al resto del hemisferio norte parece no funcionar.

   Pegada a mis compañeros de aventuras y con una interesante mezcla de transpiración y humedad en la piel, observo desde nuestra sombrilla la plaza a la que acabábamos de llegar justo antes del chaparrón. Lo más curioso lo encuentro en un edificio circundante. Ahora tiene una peluquería en la planta baja, pero antaño había sido un prostíbulo en cuyo balcón, se dice, bailaban las señoritas, enfundadas en telas poco decentes y enseñando pantorrillas y muslos de una forma muy indecorosa. Y los dueños actuales, para hacer honor al pasado del lugar y recordar lo que fue, tienen una pierna de maniquí saliendo de entre las enredaderas del balcón (además de un muñeco de trapo y paja como los que quema toda familia panameña al llegar el año nuevo para simbolizar el fin del año anterior y festejar que todo lo malo de ese período ya pasó). Chocante.

   En verdad, todo en la Ciudad de Panamá es bastante chocante a la par que llamativo. Desde los rascacielos a borde de playa a los que los gringos ricos vienen de vacaciones y que permanecen apagadísimos durante la noche, como si aquello fuera un barrio fantasma; pasando por los animales gigantes estilo cartón piedra de Albrook (el centro comercial más famoso de la capital), hasta los peligrosísimos Diablos Rojos. Éstos últimos constituyen el transporte público de la ciudad y son, básicamente, los famosos “School Bus” amarillos de los estadounidenses que, en su versión chatarrera, vieja y descuajeringada, vienen a parar aquí. Para que no se les note lo cascao, en Panamá les maquillan las arrugas pintándolos de colores chillones y con mensajes tipo “¡viva mi dueño!”, con dibujos de tigres, de Bugs Bunny y de su tropa de la Warner ¡y hasta con fotos de la parienta y de los chiquillos! Pero, aunque es, cuando menos, divertido, usar los Diablos Rojos es, como digo, francamente un peligro, porque, con eso de que cada bus pertenece al conductor (es decir, como si fuera un taxi, sólo que cobrando un precio fijo de 0,25 $ por subir), cada uno de ellos quiere ir a toda pastilla para quedarse con la mayor cantidad posible de resignados usuarios y así quitárselos a la competencia. Total, que vas dando tantos tumbos que es casi imposible no comerte con el estómago, o con alguna parte peor del cuerpo, el respaldo de un asiento roto o la rodilla de un pasajero. Si yo no me caí por una ventana fue porque no encontré una tan grande, y si no tuve que correr agarrada a los asideros de la puerta mientras el Diablo Rojo aceleraba por el centro de la ciudad fue porque mis amigos chillaron al conductor y éste frenó lo justo la máquina para que pudiera terminar de subir.

   Pero bueno, dejando aparte la adrenalina que generan estos insólitos cacharros, los animales gigantes de Albrook de los que hablaba también son dignos de una excursión. El centro comercial está dividido en sectores y la idea es que cada animal represente un sector. En el sector E está el elefante, en el H, el hipopótamo, en el G, no sólo un gorila, ¡sino el gran King Kong!, y en el D, el dinosaurio, ¡por supuesto! Así que, al final, uno va ahí incluso más de safari que a otra cosa. Viajando de mochilero, por lo menos, es un buen plan, porque como no vas a comprar tanto porque mucho no puedes cargar y tampoco es que tu bolsillo rebose dinero… pues ya está, ¿el plan ideal? Un tour turístico de fotos con los bichos de Albrook.

   Sin embargo, no es la única cosa curiosa de dicho centro comercial. En este lugar, de nuevo, la fría lógica no funciona, y mientras en el resto del hemisferio los maniquíes de los escaparates son como palos escurridos que dan vergüenza debido a la moda de espaguetis que nos invade, los maniquíes panameños son un elogio a la silicona. Par de pechugas más grandes no vi en mi vida. ¡Ah!, y, por supuesto, en muchos casos vestidos a la moda europea y norteamericana, apta sólo para fashion victims y masoquistas de la temperatura. Porque con estos calores, a buenas horas puede ponerse nadie unas botas altas con vaqueros.

Lo dicho, la lógica no tiene cabida en este lugar del planeta en el que los rascacielos conviven con las casas bajas de la gente corriente, en que la chatarra de Norteamérica se reutiliza hasta reventar, en donde no se sabe si la selva de palmeras se adentra en la ciudad o la ciudad en la selva y donde conviven la clase humilde y el exceso de una manera tan brusca como ésta. Pero justo éste es el encanto de recorrer la jungla de plantas, tráfico y edificios que es la Ciudad de Panamá.

Diablo Rojo

Maniquí en el centro comercial Albrook

Ciudad de Panamá

 

 
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