La brújula del camaleón

El blog de Lua Soleil – cultura, viajes, fotografía, cine y literatura

Ruta Quetzal – El Amazonas (Tercera Parte) 25 de diciembre de 2007

Filed under: Culturas,Ruta Quetzal,viajes — Lua Soleil @ 17:55
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El cuarto día de Ruta nos levantaron a las 4 de la mañana. Era aún de noche y nada parecía moverse al otro lado de las ventanas del barco… aunque sabíamos que la selva bullía de vida a nuestro alrededor…
Nos bajamos de la embarcación junto con nuestras mochilas, mirando hacia la espesura con inquietud y curiosidad, pisando el barro de la selva con cierta incertidumbre y con bastante

ilusión. En las dos horas que estuvimos esperando, vimos amanecer en el Amazonas y también hubo tiempo de que nos cayera un cálido chaparrón… La única vez, creo, que usé la capa de agua en la Ruta (por suerte).

María (de Madrid), y yo con la capa de agua en la selva.

Fue a eso de las 6 cuando vimos aparecer unas curiosas barcas, los peque-peques, en teoría llamados así por el ruido que hace su motor: «peque-peque-peque-peque…»
Para algunos, el viaje en peque-peque, fue lo más aburrido de la Ruta, o lo más desagradable (pues hubo gente que se mareó y vomitó durante el trayecto). Yo lo pasé genial en esas 14 horas, que se me pasaron volando.

El amanecer en el Amazonas, con los peque-peques aparcados en las orillas.

La travesía comenzó por aquellos pequeños afluentes del Amazonas, serpenteantes, donde tan pronto el lecho del río puede medir varios metros como tan sólo unos pocos. En esos momentos, dependíamos totalmente de la pericia de nuestros conductores para no encallar. De hecho, a mitad de camino uno de los peque-peques quedó varado a un lado del río y los que lo ocupaban tuvieron que esperar durante varias horas a que otros los rescataran. Así, otro peque-peque tuvo que llevar al doble de la gente que podía portar y en alguna ocasión estuvo a punto de volcar… Pero Jaime (Belmonte) sigue vivo, así que eso no ocurrió, xD.

En aquella fantástica travesía por el río más caudaloso del mundo pudimos maravillarnos con la belleza de esta selva tan increíble, ese pulmón del mundo. Vimos y oímos llover a nuestro alrededor, a indígenas pescando y observamos libélulas, garzas y monos que nos aullaron desde lejos.

Lluvia.

Peque-peque.

Ale, mi amiga de Guatemala, y yo en el peque-peque, bebiendo de las famosas bolsas de agua.

Fue una jornada increíble en la que tuvimos la oportunidad de conectar al máximo con la naturaleza y de conocernos los unos a los otros. De hecho, aquel día conocí a algunos de mis mejores amigos.

Nos rondaba algún que otro mosquito y el calor, pegajoso, se veía aumentado por los salvavidas que teníamos obligación de llevar, cuando pasó Jesús Luna (jefe de campamento de la expedición) en una lancha más rápida diciéndonos por su megáfono: «Policía de Pacaya Samiria, ¿tienen los pasaportes y los papeles en regla?» Al principio, antes de verle, creímos que la cosa iba en serio y nos quedamos sin habla porque no llevábamos encima ninguna documentación, pero luego lo vimos y nos echamos a reír.

A la hora de comer, los peque-peques se aparcaron a un lado del río y pudimos bajar a tierra a un claro rodeado de selva. El sitio estaba bastante embarrado, pero pudimos comer y escuchar una conferencia sobre las pirañas y los delfines rosados del Amazonas. Estos últimos, cuando los vimos, nos sorprendieron a todos mucho. Eran hermosos. Pero después de oír las palabras de los biólogos que nos acompañaban acerca de las pirañas todavía hubo quien navegó en nuestras barquitas con la mano metida en el agua como si estuviera en un paraíso idílico de película… Yo siempre pienso que es un milagro que nadie saliera de allí con una mano menos…

Fiesta en el Peque-peque.

 

En el camino de vuelta, muchos grupos se aburrían dentro de sus peque-peques, pero nosotros organizamos una fiesta de padre y muy señor mío y cada vez que pasábamos a otra barca le cantábamos el himno de la Ruta o el famoso «Acelera, acelera…para ser conductor de primera…» y «Adiós con el corazón…» =] . El resto del tiempo lo pasamos bailando y cantando… y también contando historias de miedo de nuestros respectivos países de origen cuando nos envolvió la noche y no nos podíamos ver (si encendíamos la luz, acudían los mosquitos).

Y así, a la hora de la cena, divisamos las luces de nuestros barcos y nos subimos a ellos para comer… ¡pollo con arroz!

Fue un día y una experiencia inolvidable.

De esta manera, chicos, llega a su fin la historia de hoy… ¿Continuará la expedición por la Amazonía? ¿Y el viaje entero por Perú?


 

Ruta Quetzal – El Amazonas (Segunda Parte) 15 de diciembre de 2007

Filed under: Culturas,Ruta Quetzal,viajes — Lua Soleil @ 16:47
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Aquella primera noche en el barco, creo que pude acostarme a las doce o la una y recuerdo que me desperté a las cuatro de la mañana, por mi cuenta, y miré hacia delante con ojos adormilados. Tardé un momento en comprender qué estaba pasando y sonreír. Me recorrió un escalofrío de emoción cuando, a la tenue luz de los farolillos, contemplé todas esas hamacas llenas de ruteros y las ventanas sin cristal por las que se veía todo negro… Y aquello negro era la selva…, estábamos navegando por el Amazonas… Fue increíble. Me asomé y vi el agua oscura bajo nosotros y escuché el ruido de los motores ronroneando.

Anduve hasta el baño y descubrí que cada retrete tenía una pequeña duchita encima… Me pregunté si alguien la utilizaría aunque creí el sentido común nos diría a todos que no… (hombre, unas 400 personas entre ruteros, monitores, ayudantes y demás, podíamos dejar aquello como un bebedero de patos…)Después de eso, volví a mi hamaca y me acurruqué tan feliz… hasta que me despertó el grupo Libélula al amanecer. (En el vídeo que enlazo al final de mi última crónica podéis ver de qué forma más original nos avisaron a primera hora).

Los Libélula son los titiriteros que nos acompañan durante toda la Ruta amenizando con su música cualquier ocasión. Ése fue el primer día que nos levantaron y resultó una juerga.

El Amazonas al amanecer del día 20 de junio de 2005

Tras el desayuno, mis compañeros y yo hicimos una de las cosas más extrañas que he hecho nunca… aeróbic en la proa de un barco a través de la selva

Hizo mucho calor muy húmedo durante el día, y con esa atmósfera tan cargada nos metieron a todos en la parte superior del barco, donde no corría el aire, para darnos una conferencia sobre biodiversidad en el Amazonas. Estuvo muy interesante, pero en el vídeo anterior y en el mío propio (el de mi último post) podéis comprobar que el pobre profesor estaba empapado, así que podéis imaginar que más o menos nos sentíamos todos igual, como pollos en un horno. (Pollos con arroz por supuesto 😉 ).

Los ruteros en la primera conferencia (web de la Ruta Quetzal BBVA)Aprendimos que en la Amazonía viven 23 millones de personas y que su extensión es de 3400 Km este-oeste y de 2000 Km norte-sur. Además, pudimos saber la verdad acerca de falsos mitos como aquel que dice que el Amazonas es un bosque uniforme, cuando en realidad hay 100 tipos distintos de bosque; el mito del «vacío amazónico», que asegura que está deshabitado (lo cual no es cierto, pues hay muchos pueblos indígenas), y el más extendido, que habla de la riqueza y fertilidad del suelo amazónico. En realidad ese suelo no es fértil, se mantiene por el reciclaje de hojas y restos de plantas, pero si se tala o se queman los árboles, la tierra se vuelve yerma. Por eso es tan importante que la selva no desaparezca. Lo que más me impresionó de lo que nos dijo el biólogo D. José Álvarez Alonso fue «Ese bosque lo veis sano, pero está herido de muerte, agonizando«. Me pareció realmente terrible pensar que algo tan hermoso esté corriendo a pasos agigantados hacia la extinción… (con nosotros detrás).

Ese día comencé a conocer gente de todas partes, por ejemplo, a Lenka, la chica checa de mi grupo, con la que me senté a escribir mi diario mientras contemplábamos la Amazonía por la ventana… ¿Se podía pedir algo más?

Lenka (a la izda.) y yo (dcha.) admirando la naturaleza mientras elaborabamos nuestras crónicas.
Por la tarde tuvimos otra conferencia, en la que la bióloga Dña. Elsa Reginfo nos habló de las plantas medicinales de la Amazonía. Estuvo genial, pero perdí mi cuaderno de apuntes poco después, así que mis notas se fueron al traste.Y después, conocí a Jaime, jaja, cuando los monitores intentaron prepar un festival de la canción y dijeron que los españoles nos agruparíamos por comunidades. Oí a mi amigo decir: «¿Cantamos La Parranda? A ver… ¿cómo era?» Y yo, ni corta ni perezosa, empecé con la primera estrofa. Se giró y me miró sorprendido… Creo que pensó que estaba loca, con todas aquellas trenzas de colores con las que yo iba…, jaja.Y más tarde, al anochecer, hicimos talleres, y a mi grupo y a mí nos tocó hacer otra de las cosas más extravagantes que he visto… saltar a la comba en la popa del barco:

No tenéis mal los altavoces, no, es que mi cámara es muda, así que el vídeo no tiene sonido.

Por la noche, recuerdo que me seguían dando miedo los mosquitos, pero no me acechó ninguno en toda la travesía, la verdad. Cenamos la comida más rutera: Arroz con pollo, acompañado en esa ocasión de papaya y plátano, mmm…
Y después de aquello, cuando nos íbamos a dormir, nos dijeron que nos despertarían a las 5 de la mañana para ir a la reserva natural de Pacaya Samiria, lo cual suponía que debíamos meter 6 litros de agua y 4 paquetes de comida del ejército para estar dos días en la selva… ¿Cómo iba a entrar todo eso en nuestras mochilas? El resultado fue que muchas bolsas de agua (que eran de plástico), reventaron, el suelo se embarró y a muchos se les empapó por dentro la mochila (no quiero ni pensarlo… esa ropa seguramente ya no se secó).

La crónica de hoy llega a su fin, aventureros. El próximo día… La reserva narutal de Pacaya Samiria. No os lo perdáis… 🙂

 

Mi vídeo sobre los 7 días de navegación por el Amazonas 3 de diciembre de 2007

Filed under: Culturas,Ruta Quetzal,viajes — Lua Soleil @ 10:17
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Un adelanto de lo que serán mis próximos posts. Esto es lo que viví en la Amazonía peruana durante siete maravillosos días. Espero que entre las crónicas y el vídeo os
llegue al menos una parte de la magia de aquel lugar tan espléndido y a la vez, tan maltratado (mientras estábamos allí talaron la última caoba del lugar…).
Creo que salir al mundo y conocerlo, verlo con tus propios ojos, te hace reaccionar y ser consciente de que hay cosas que existen, como la degradación de los ecosistemas junto
con la belleza y el misterio de la selva, o la pobreza material junto con una riqueza espiritual que pocos pueden imaginar.
Disfrutadlo. PD. Por cierto, Jaime, la música es tuya. Encontré tu trabajo por casualidad
(y eso sí fue casualidad de verdad) en Internet y no pude dejar de incluirte en este vídeo que es tan mío como tuyo. Nunca olvidaré cómo nos conocimos ¡cantando La parranda
en un barco por el Amazonas! ¡Ánimo que ya queda menos para que nos vayamos a
Costa Rica!
Un beso.
[El vídeo lo podéis ver pinchando aquí.]
 

Ruta Quetzal – El Amazonas (Primera Parte) 2 de diciembre de 2007

Filed under: Culturas,Ruta Quetzal,viajes — Lua Soleil @ 00:13
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Desempolvé la caja mágica de mi mente en la que lo guardaba y volví a contemplar
con cariño el maravilloso álbum de recuerdos que me llevé de aquellos días en Perú,
unos días en los que mis 327 compañeros y yo volvimos a ser niños para emocionarnos
con todo cuanto nos rodeaba y en los que, además, crecimos como personas, aprendi-
mos a volar…
Tomé mis fotos, mis grabaciones, mis papeles y mi diario y me puse manos a la obra para escribir un reportaje que hiciera justicia a esta experiencia inolvidable.
Mi pobre diario de ruta, ahí lo veis… A muchos se les perdió, a otros se les cayó al agua y terminó abombado o se les murió directamente, otros lo regalaron y otros hicieron que lo perdían para no cargar con él… El mío me siguió hasta el final, más limpio o más sucio, más o menos apestoso, pero siempre fiel bajo mi brazo. Y ahora lo abriré para recordar y volver a vivir esa historia con vosotros…
Aquí comienza nuestro viaje…
– Junio de 2005… –
Mi primera noche como rutera la pasé en Madrid, aguardando al alba sin dormir,
primero por el calor dentro de la tienda de campaña, luego por el frío de la noche de la sierra, después por las piedras del suelo y más tarde por los nervios incontenibles. Ninguno sabíamos que aquello era el preludio de lo que nos aguardaba en los 45 días siguientes, pero pronto iríamos dándonos cuenta…
Al amanecer, hacía tanto frío que nadie quiso probar suerte con una ducha matinal y
yo me pregunté cuál sería nuestra respuesta ante una proposición de ducha sólo una semana después… ¿seguiríamos haciendo ascos al agua por muy fría que estuviese?
Algo me decía que no… Los niños de ciudad íbamos a convertirnos en unas verdade-
ras alimañas (término cariñoso alusivo a cualquier miembro de la especie Ruteris
Rutensis).
Y llegó el día que todos estábamos esperando. Desmontamos por primera vez el campamento y nos subimos a un avión gigantesco, el más grande de nuestras vidas, rodeados de personas nuevas que, pocos días después, ya se habrían convertido en nuestros hermanos.
Yo, mientras caminaba dando tumbos por el larguísimo pasillo del boeing con mis botas nuevas y la mochila que todo rutero lleva siempre pegada a la espalda, me reí de mí misma al pensar con alegría y nervios en lo loca que estaba. ¡Iba rumbo a la selva! (Era un jumbo gigante, así que me dio tiempo a reírme varias veces…) ¡Y a Macchu Pichu! Nada de lo que había vivido podría compararse a aquello que estaba a punto de sucederme, de eso estaba segura.
(13 horitas de nada después…)
Sobrevolando mar, selva y montañas, llegamos por fin a Lima… ¡¡para tomar otro
avión!! Trámite necesario si quieres llegar a Iquitos, nuestro primer destino, una
ciudad en medio de la selva, situada en uno de los incontables meandros del ancho Amazonas…
Después de llevar casi 40 horas sin dormir, estábamos que ya nos dormíamos de pie… Pero, como éramos ruteros, aguantamos la interminable recogida de equipajes y el
«toma mi pasaporte y estámpale un sello pa’ que pueda entrar» del aeropuerto de
Lima… ¡para echar la cabezada en el siguiente avión! (xD)La noche había cubierto los
cielos cuando llegamos a Iquitos… Al salir a fuera, lo primero que recibimos fue una bocanada de calor húmedo, la cual, desde ese momento, se nos quedó pegada a la piel.
Dos amigas de mi grupo y yo, en el aeroparque de Iquitos.
Los chamizos del fondo reflejan lo rústica que era esa única terminal a la que llegamos.
El aire olía a la selva que rodeaba la ciudad, unas luces mortecinas iluminaban por fuera
la pequeña terminal a la que entramos a recoger nuestras mochilas, los mosquitos zumbaban en nebulosas grises alrededor de las bombillas… En ese momento pensé
que lo mejor era echar mano del repelente a la menor ocasión, aunque vistiera manga larga… Íbamos preparados contra la malaria pero, ¿quién sabe? (¡Brrr! ¡Y además, que
pican!). Pero en ese momento teníamos que marcharnos, pues fuera había toda una
hilera de guaguas destartaladas esperándonos. Si os fijáis bien en la foto, descubriréis
que no tenían ventanas, así que el viento iba dándonos en la cara mientras que de la
parte delantera nos llegaba una música ligeramente anticuada, una melodía distorsionada de maracas y tambores. Alguien dijo «Esto parece un documental de La 2», y yo sonreí pensando que tenía razón, con la diferencia de que nosotros lo estábamos viviendo.Las calles de Iquitos eran oscuras. Las casas eran bajas y viejas, con la pintura desconchada, medio construídas a mano por sus habitantes. La gente andaba por la calle y comía en cenaderos de paredes blancas y sucias, llenos de carteles de comida y bebida en las puertas. Todo me parecía fascinante y lo miraba con ojos muy abiertos. No podía creer que acabara de cruzar el océano y el
Ecuador y que estuviera pisando por primera vez América…
Ya eran las once de la noche en Perú, es decir, las cuatro de la mañana en España, y pensábamos que nos llevaban a los barcos en los que recorreríamos el Amazonas (¡a dormir!), como nos habían dicho, cuando nos hicieron ir ¡a descargar mochilas y cajas!
(xD, cosas de la expedición). Así que, después, derrotados pero con buen ánimo llega-
mos a una explanada llena de ruteros, que esperaban frente a lo que parecía una feria… ¡pero eran nuestros barcos!
El Henry y el San Segundo (mi barco, que es el de la derecha)
No sé por qué pero, sin darme cuenta, me había hecho una idea en la cabeza de lo que esperaba encontrar dentro de aquella nave tan estrafalaria en la que me estaba
metiendo, no sé: asientos, camarotes… qué sé yo… ¡Pero lo que vi rompió todos mi esquemas… La proa, unas escaleras, y al subir al primer piso… ¡todo lleno de hamacas
de colores colgando del techo!… ¡Hamacas! Era lo último que podía imaginar, pero así
era… Como me encantan, me alegré, pero el que más se alegró fue mi cuerpo ¡pues por
fin pudo descansar!!
P.D. Espero que os haya gustado la crónica de mis dos (casi tres) días de Ruta, espero vuestros comentarios, ¡Un beso!Y próximamente…La travesía por el Amazonas
 

 
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