La brújula del camaleón

El blog de Lua Soleil – cultura, viajes, fotografía, cine y literatura

El Camino hacia Santiago 5 – Palencia, Santander, Comillas… y una noche toledana 30 de agosto de 2012

On the train

MG (detrás), Miguel y yo. Los tres ruteros de viaje




01/agosto/2012 – El albergue juvenil de Palencia es enorme y muy cómodo. Tiene habitaciones dobles no divididas por sexos, duchas individuales para los vergonzosos, Internet, salas para realizar actividades, un comedor enorme donde desayunamos de fábula y hasta un gimnasio. El precio: 8.50€ para menores de 30 años. Nos quedamos alucinados de que una ciudad tan pequeña tuviera un albergue tan grande y equipado. Y, además, sólo lo estábamos ocupando 4 huéspedes: nosotros tres y otra chica. Aunque, según nos contaron, la semana anterior había estado lleno. Quién sabe.


Después de la noche en blanco, el día anterior nos habíamos acostado prontísimo, tras una ducha relajante que nos bajó la tensión y nos hizo notar más el cansancio. Dormimos como benditos pero nos despertamos pronto para llegar a ese primer autobús que nos llevaría por fin a Santander. Pero como nada nos podía salir según lo previsto, el taxi que tenía que venir a recogernos para llevarnos a la estación llegó y se fue sin nosotros al no vernos en la puerta. Al taxista ni se le ocurrió llamar o entrar a ver cómo estábamos esperándolo en la recepción. Así que, perdimos el autobús… y, otra vez, el siguiente transporte era a las 18.45h, como el día anterior, puesto que era jueves y, como decía en el anterior post, el de las 15h sólo pasaba los fines de semana. ¿Sería posible? ¿Otra vez estancados en Palencia? Nos estaba gustando mucho pero… no podíamos quedarnos eternamente. Entre otras cosas porque teníamos que encontrarnos con unos amigos en el norte un día después. Y, además, estaba el tema del dinero: no teníamos mucho y, gastar tanto en una misma ciudad que, además, ya habíamos visto durante dos días…


Nos planteamos dos cosas: 1. Pasar otro día y otra noche en Palencia para, al día siguiente, coger el autobús de primera hora que acabábamos de perder. 2. Irnos en tren. Al final ganó el tren. Era más caro que el bus, sí, pero si nos quedábamos íbamos a gastar mucho más de lo que costaba el billete, así que nos fuimos. Eso sí, a las 15.30h, Palencia no nos dejó irnos más pronto.


On the train

Adiós, Palencia. Ahora, a Santander.

Y así, pasamos unas tres horas dormitando a ratos y observando cómo el paisaje iba cambiando del dorado seco de los campos castellanos al verde húmedo de las montañas cántabras.


Landscape from the train

Los primeros valles

 


Landscape from the train

Los puentes para transitar las montañas del norte

Y, por fin, llegamos a Santander después de tanto problema de horarios, trenes, taxis y buses.


Mochileros

Posando con todas las mochilas en Santander




Aunque, como llegamos a las 19h a la capital de Cantabria, no hubo tiempo de hacer turismo. Yo estaba segura de que tardaríamos más de una hora en ir y volver (mochilas y su peso incluidos) si queríamos ver el Palacio de la Magdalena. Por lo que, no sin cierto pesar, lo descartamos y nos tomamos un café esperando el autobús para Comillas.

Se nos hizo de noche por el camino y, al final, tampoco hubo tiempo de buscar alojamiento. Pero la noche en blanco de Palencia nos había demostrado que podíamos pasar una noche al raso bastante bien, con lo que decidimos hacer lo mismo. El único inconveniente: aún no nos habíamos enterado de que estábamos en Cantabria.


Sobrellano Palace, Comillas (Cantabria, Spain)

El palacio de Sobrellano, la antigua “casa” de veraneo del marqués de Comillas




Caminamos desde el Palacio de Sobrellano (donde bajamos del bus,ya en Comillas), hasta la playa, atravesando el pueblo. La plaza aún estaba animada, había gente cenando, pero nosotros acabábamos de hacerlo, nada más llegar en una hamburguesería cercana al palacio. Pasamos junto a la iglesia, mirando al pasar la torre con su reloj y el antiguo ayuntamiento, que está justo al lado.


Torre de la iglesia de Comillas

La torre de la iglesia de Comillas




Anduvimos sobre los adoquines de la antigua villa pesquera, convertida en el transcurso del siglo XIX en una villa de veraneo para la aristocracia, tras en nombramiento del primer Marqués de Comillas, Antonio López y López. Subimos hacia la parte alta, dejando atrás los bares donde había algunos grupos de jóvenes de fiesta y descendimos de nuevo para llegar a la playa. Allí hay un jardincito donde teníamos pensado sentarnos a pasar una noche de cartas o, si nos daba sueño, hacer vivac unas horas.


Adoquines

Los adoquines de las calles de Comillas




A pesar de la insistencia de MG, no pude llegar a sacar las cartas. Por alguna razón había estado muy activa en el tren mientras ellos dormían y, ahora, claro, la que tenía sueño era yo. De todas formas, Miguel tampoco se opuso demasiado. En el fondo todos estábamos aún cansados de la noche de Palencia que habíamos pasado sin dormir (el cuerpo tarda en recuperarse y más aún si estás de viaje). Por lo que decidimos dormir un poco.


Lo malo era q empezaba a hacer frío como para echarse sin más contra una mochila sin taparse y, además, había empezado a caer un calabobos que, a lo tonto, nos podía dar problemas. Con lo que buscamos la zona donde las ramas de los árboles eran más espesas y, como vimos que el césped estaba húmedo, pusimos una gran sábana de aluminio, la cual sacó MG para sorpresa de todos. Cuando digo que ella es la mami del grupo, es por algo, pues, aparte de eso, sacó también varias fundas impermeables para nuestras mochilas y una capa de agua, que extendimos sobre los sacos de dormir. Ya que habíamos empezado a acomodarnos, pues lo hicimos por completo.


La cosa quedó así: sobre el aluminio, pusimos los sacos, en ellos, nos acurrucamos, echamos dos capas de agua por encima (la mía también) por si la lluvia arreciaba y a la cabeza colocamos todas las mochilas, cubiertas por bolsas y fundas impermeables. Quedó de foto. La pena es q no hubiera mucha luz como para hacer una.


Por si acaso, también habíamos previsto que hubiera algún sitio cerca en el que poder refugiarnos si llovía mucho. Enfrente teníamos una especia de merendero que podía venirnos muy bien, con su mesa techada.


El tiempo que dormí, lo hice intranquila. Ya cuando habíamos terminado de montar todo había comenzado el chispeo a ser más fuerte pero, al cabo de un rato, el árbol comenzó a calar y yo notaba entre sueños cómo las gotas me iban mojando la cara, manteniéndome en un duermevela constante. No pude dormir a gusto y menos mal, porque, si no, no sé quién habría avisado a mis dos queridos ceporros de que el chispeo estaba a punto de convertirse en lluvia de verdad y dejarnos pasados por agua. Los desperté justo a tiempo de poner a salvo todas nuestras cosas. Bueno, a Miguel, porque MG cuando duerme no hay quien la mueva, ella habría seguido durmiendo aún con un chaparrón cayéndole encima.


Medio dormidos, congelados y preocupados por nuestros sacos (lo más imprescindible de nuestro equipaje) nos metimos bajo aquel merendero sin hacer ruido, ya que había casas justo al lado. Además, a Miguel le habían picado los mosquitos y le estaban saliendo los bultos típicos en las manos. Yo tuve suerte en eso, cosa rara, y MG…, bueno, ella no había dado lugar siquiera a ello puesto que había estado completamente metida en su saco. No sé cómo pudo seguir respirando todo ese rato. Yo, lo que hacía era temblar de frío.



Cantabria nos acababa de demostrar dónde estábamos.



Mosquitos en la noche

Miguel poniéndose amoníaco en las picaduras de los mosquitos, mientras esperábamos a que parase la lluvia




Comprobamos que nuestras cosas estaban bien y, un poco gruñones por el sueño (creo que apenas dormimos 2 horas), empezamos a debatir qué hacer o dónde meternos. Era una pena porque otros años MG y yo habíamos pasado noches enteras hablando en la playa de Comillas y nunca había caído ni una gota. Pero el norte es el norte y nunca se sabe. Aunque sea verano, puestos a hacer frío y llover, este es el lugar.


Decidimos guardar todo y, cuando escampara un poco, volver rápidamente al pueblo antes de que lloviese de nuevo y colocarnos bajo alguno de los soportales. En realidad, sólo había dos opciones: bajo el antiguo ayuntamiento (donde habíamos visto a chicos haciendo botellón y había basura por el suelo) y bajo el nuevo. Está claro que fuimos al nuevo.


Nos pusimos en una esquina, lejos de la puerta pero pegados a la calle. Ya no tuvimos lluvia, pero entonces empezaron a pasar gritando un montón de niñatos borrachos que volvían de una discoteca de las afueras. Yo, desde luego, no pude dormir. Mis queridos ceporrines, un poco más que yo, aunque no sé cómo.


Cuando llegó la mañana a Comillas yo estaba toda agarrotada de haber estado encogida por el frío y cabreada con los niñatos. Por suerte, ni los barrenderos ni los funcionarios del ayuntamiento que pasaron por allí nos dijeron nada…aunque si no acampas y sólo te acuestas no tienen nada que decirte, pero lo agradecí. Cuando ya no pude más, di un empujón a cada uno de mis compañeros y les pedí que nos fuéramos a buscar un bar donde despojarme del frío. Un chocolate caliente era justo lo que me pedía el cuerpo y Miguel se ofreció amablemente a ir a ver si alguna de las churrerías estaba ya abierta. A MG, de nuevo enfundada en su saco, no había quien la moviera, así que me dediqué a zarandearla y a recoger mientras Miguel volvía.


Una de las churrerías estaba abierta. Genial. Al final la pobre MG se levantó como una valiente, enfurruñada por el sueño aunque animada por la perspectiva del chocolate y terminó de recoger conmigo de modo que por fin pudo terminar esa noche toledana.


Pero ahora ya sabíamos dónde estábamos… O lo empezábamos a saber.



Waking up in Comillas

MG recogiendo su saco medio adormilada, tras la noche toledana




LEE  LA  AVENTURA  DESDE  EL  PRINCIPIO:

Capítulo 1 – Un comienzo accidentado

Capítulo 2 – Carretera, manta y… Cagaditas

Capítulo 3 (Primera parte) – Hacia Palencia, una noche movidita (I)

Capítulo 3 (Segunda parte) – Hacia Palencia, una noche movidita (II)

Capítulo 4 – Palencia la bella no quiere dejarnos marchar

Capítulo 4 (Parte 2) – Anexo de fotos, Palencia

O SIGUE LEYENDO:

Capítulo 5 (Parte 2) – Anexo de fotos de Santander

Capítulo 6 (Parte 1) – Comillas dulce y amarga

 

3 Responses to “El Camino hacia Santiago 5 – Palencia, Santander, Comillas… y una noche toledana”

  1. Anónimo Says:

    Pero que sepais que os perdisteis ell país Vasco!!!!!

  2. […] Capítulo 5 (Parte 1) – Palencia, Santander, Comillas… y una noche toledana […]


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