La brújula del camaleón

El blog de Lua Soleil – cultura, viajes, fotografía, cine y literatura

El Camino Hacia Santiago 3 – Hacia Palencia, Una Noche Movidita (II) 28 de agosto de 2012


(CONTINUACIÓN de El Camino hacia Santiago 3 – Hacia Palencia, una noche movidita (I))


No me suelen gustar los alrededores de las estaciones de ningún tipo, me parecen sitios peligrosos donde, sobre todo por la noche, a uno le puede pasar cualquier cosa. Sin embargo, en Palencia, hay un parque bastante tranquilo junto a las dos estaciones, tanto de autobús como de tren, y el hecho de que hubiera señoras esperando algún tren nocturno me dio confianza. Buscamos un lugar sobre el césped entre varios setos y las chicas comenzamos a extender la esterilla mientras Miguel iba a por provisiones: unas pizzas, patatas fritas y varias coca colas para aguantar bien la noche. Iban a hacer falta. Nos lo comimos todo con ganas y empezamos a jugar a las cartas. De momento, lo único malo era que empezaba a hacer más frío del que habíamos previsto, después de todo, la meseta norte es la meseta norte y, por las noches, sea la época que sea, siempre hará frío, incluso a finales de julio.



El pin de Palencia de mi sombrero

El pin con el escudo de Palencia de mi sobrero de peregrino




Sin embargo, había una sorpresa con la que ninguno contaba. Os daré una pista. Aquella misma mañana, MG y yo hablábamos con Miguel acerca de las anécdotas de la Ruta Quetzal (a la que fuimos los tres, pero en años diferentes, nosotras en 2005 y él en 2006). Uno de los percances que más ocurren en la expedición, son las inundaciones. En la Ruta de Miguel cayó una lluvia torrencial que inundó el campamento, pero en nuestro caso, el mío y el de MG, lo que ocurrió fue diferente. Acampamos sin carpa en el jardín del Palacio de Miramar, en San Sebastián (País Vasco, España), y a eso de las 4 de la mañana nos despertaron los chillidos de nuestros compañeros. Yo miré a mi alrededor y, aún entre las telas del sueño, vi una escena de lo más incomprensible, gente gritando y corriendo de un lado a otro con mochilas y sacos de dormir en las manos, mientras agua de no sabía dónde caía sobre ellos y sus cosas en chorros que salían de muchos lugares diferentes. Yo, de alguna manera, estaba intacta y MG también. Pronto comprendí que se había activado el riego automático y los aspersores estaban calando a todos los insensatos que habíamos creído poder dormir en un lugar tan principal. MG y yo fuimos de las únicas que salieron indemnes, ya que tuvimos la suerte de acostarnos entre tres aspersores que apuntaban en direcciones contrarias. Sin embargo, los demás no tuvieron tanta suerte.



En el Palacio de Miramar (San Sebastián)

Algunos de nosotros la mañana después de lo de los aspersores, sobre la misma pradera del Palacio de Miramar, en la Ruta Quetzal 2005 (yo soy la de la derecha).




En ese punto de mi relato, aquella mañana en Palencia, Miguel me cortó y dijo: “A ver, pero, cuando os tumbasteis allí, ¡alguien vería algo! No me puedo creer que, de 350 personas, nadie viera nada, ni un aspersor”. Yo insistí en que nadie vio nada, ¡si no, no nos habríamos tumbado! Sería de tontos… “Pues…”, respondió Miguel con cara de circunstancias, “eso es lo que digo, me parece un poco tonto no haberse dado cuenta…” MG y yo saltamos al instante: si hubiera estado él allí, veríamos si lo había visto o no. Miguel siguió con la broma: “pues, seguro que sí, yo lo habría visto”


…Cómo tuvo que tragarse sus palabras.


Sobre la misma hora, siete años después, en aquel parque de Palencia, en medio de la partida de cartas, sin previo aviso, recibimos un chorrazo de agua cada uno por varios frentes distintos. Mi reacción fue instantánea. Dando un grito, me abalancé sobre las cartas, lo más débil de todas nuestras posesiones, y las tapé con mi cuerpo los pocos segundos que tardé en darme cuenta de que el agua no paraba. Entonces, comencé a meterlas todas en mi sombrero “de Panamá”, cuando me di cuenta de dónde venía el chorro que me daba de lleno: de mi espalda…¡donde estaba mi mochila! Sólo un mochilero sabe lo importante que es la mochila de uno en una aventura, ¡es tu vida! Es donde llevas todo lo que te mantendrá en el camino. Si se moja, puede suponer un parón en el viaje, que te quedes sin cámara o cuaderno o que pierdas la ropa limpia que te quedaba. Me di la vuelta, pero Miguel ya la estaba agarrando de un asa y salía corriendo con la mía y la suya a la vez. MG gritaba cosas que no recuerdo por la urgencia del momento y recogía las cartas que me había dejado y que se estaban mojando. Entonces, recordó su vendaje del pie y que no podía mojarse y salió corriendo dando tumbos, como pudo.



En Palencia, de camino a Santiago

MG y yo (a la derecha), tras salvar nuestras cosas del ataque de los aspersores (los cuales podéis ver detrás)




Al final salvamos todas las cosas, aunque terminamos con los pantalones y el pelo mojados. “¿Quién decía que habría visto los aspersores?”, le dije a Miguel riéndome. Tuvo que reconocer que no se veía nada cuando llegamos y que estos salen del suelo a la hora programada, sólo entonces desvelando su posición. Al final, tras dar unas vueltas por el parque en busca de otro lugar adecuado, terminamos en la estación de trenes medio dormidos, yo, con frío, y un poco mojados, jugando a las cartas. Pero todos recordaremos esa noche con una sonrisa.


LEE  LA  AVENTURA  DESDE  EL  PRINCIPIO:

Capítulo 1 – Un comienzo accidentado

Capítulo 2 – Carretera, manta y… Cagaditas

Capítulo 3 (Primera parte de este post) – Hacia Palencia, una noche movidita (I)

O SIGUE LEYENDO:

Capítulo 4 (Parte 1) – Palencia la bella no quiere dejarnos marchar

Capítulo 4 (Parte 2) – Anexo de fotos, Palencia

Capítulo 5 (Parte 1) – Palencia, Santander, Comillas… y una noche toledana

Capítulo 5 (Parte 2) – Anexo de fotos de Santander

Capítulo 6 (Parte 1) – Comillas dulce y amarga

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2 Responses to “El Camino Hacia Santiago 3 – Hacia Palencia, Una Noche Movidita (II)”

  1. […] Capítulo 3 (Segunda parte) – Hacia Palencia, una noche movidita (II) […]


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