La brújula del camaleón

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El Camino hacia Santiago 2 – Carretera, manta y…Cagaditas 27 de agosto de 2012

Capítulo 1 – El Camino hacia Santiago 1 – un comienzo accidentado

Georgie's Rabbits.

-Foto de Daniel Hall, alias picto:graphic, cc en Flickr

29/julio/2012 – Debían de ser las diez y media de la noche cuando llegamos a Valladolid. Estévez, un amigo de Miguel que vive en la ciudad, tenía q volver a su casa desde Madrid, así que nos llevó con él. El problema era que no nos podía alojar, así que había un plan B.

Cargados con nuestras mochilas y una lanza de nubes de chuchería que no quisimos dejar secar (y morir) en Madrid, entramos en el Café Tacuba. El bar en cuestión era de Alberto, amigo y “cuñado” de Estévez, el cual en seguida nos invitó a unos pinchos de tortilla y nos aseguró que podíamos quedarnos en su casa a dormir sin ningún problema (ése era el plan B). Así que esperamos a que cerrase y nos fuimos con Alberto al piso que compartía con otros, aunque no sabría determinar exactamente con cuántos, ya que allí la filosofía era algo así como la de una comuna hippie: todo el mundo podía entrar, salir y quedarse a dormir, así que estaban su novia, su hermana, el novio de ésta y una mascota peculiar. Estévez ya nos había advertido de ello. En la casa habitaba un conejo que empezó llamándose Bob y que, al poco tiempo,  terminó con el “cariñoso” mote de “Cagaditas”. Pronto íbamos a averiguar por qué.

Lo primero que vimos al entrar fue a la hermana de Alberto tumbada en un suelo plagado de cagadas redonditas, con un conejo blanco, gris y gordo encima del estómago. Al oírnos, la chica dio un respingo y se sentó antes de saludarnos entre risas e invitarnos a pasar. El piso consistía en un pasillo muy largo, lleno de cagadas de conejo, con las habitaciones en el lado izquierdo, de las cuales el baño, a parte de cagadas de conejo, también tenía pis de conejo, y un salón al fondo, el cual barrimos de cagadas de conejo (y sufrimos para mantenerlo así y poder dormir libres de caca).

Pero, ¡cómo algo tan pequeño puede producir tanto desperdicio! La escoba estaba por allí, pero era imposible luchar contra el trasero de ese bicho peludo. Cada vez que saltaba dejaba una, dos o hasta tres bolitas. Era impresionante. A cagada por segundo.

Rabbits n Stuff

-Foto de Daniel Hall, alias picto:graphic, cc en Flickr

Todos los de la casa, Alberto, su hermana y sus respectivas parejas, nos trataron con mucha hospitalidad y simpatía y nos dieron de cenar una ensalada muy rica… a pesar de que Cagaditas acechara en el pasillo. Cada vez que alguien entraba o salía del salón, el conejo, que estaba allí como un centinela, asomaba el hocico y esperaba la oportunidad para colarse. El problema era que habíamos colocado en el suelo unos colchones para dormir MG, Miguel y yo y, como entrase y saltase sobre ellos,  no nos iba a hacer mucha gracia. Al final, pudimos mantenerlo a raya, a pesar de que arañase la puerta para pedir atención, y todos jugamos una partida de cartas muy divertida.

Ya entrada la madrugada, todos se fueron a dormir y nosotros tres empezamos a prepararnos para lo mismo. Mientras MG se ponía el pijama, Miguel y yo nos quedamos hablando en el pasillo, con Cagaditas intentando llamar nuestra atención arañando la puerta para que le abriésemos. Como se dio cuenta de que pasábamos de él, acudió saltando inocentemente a nuestro lado y empezó a rodearnos, haciendo ochos entre nuestros pies. Lo primero que pensamos fue “¡Mira lo que hace, qué monada!”…, hasta que nos dimos cuenta de que, en sus recorridos a nuestro alrededor, había ido dejando un reguero de bolitas impresionante y que, en realidad, era un conejo malvado y vengativo que nos estaba minando la tierra que pisábamos para que muriésemos vil y asquerosamente por no haberle abierto la puerta del salón cuando lo exigió.

Inmediatamente, nos dio un ataque de risa. Y el conejo venga a saltar y venga a dejar pelotillas y nosotros cada vez más muertos de la risa. Hasta que va Miguel y dice: “Pero, ¿te imaginas lo que sería vivir su vida? ¡Todo el día cagando sin poder parar!” Pues, sí, ¡qué estrés!

Cuando MG salió después de cambiarse y demás, aún seguíamos riéndonos con el conejo haciendo ochos descontrolados entre nuestros pies.

¡Qué noche de risas en Valladolid!

 

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