La brújula del camaleón

Un weblog acerca de la experiencia vital de un camaleón ibérico…

Microrrelato 1 Octubre 7, 2007

Archivado en: Microrrelatos — labrujuladelcamaleon @ 9:05 pm

Me senté en el sofá y cerré los ojos.
Llovía, y el golpeteo de la lluvia sobre los cristales era lo único que llenaba la habitación.
La sala de estar estaba sombría y silenciosa y yo me mantenía quieto e impasible, mirando al frente con la vista fija en ninguna parte, escuchando el repiqueteo del agua como si en el mundo no existiera otra cosa… Y, de hecho, ya nada existía…
Mi cuerpo se estremeció de frío y me abracé a mí mismo. Me encogí como si estuviera intentando desaparecer del mundo… Y tapé mi cara con mis manos, pero cuando abrí los ojos, yo seguía allí y seguía solo…
Solo…
Ellos se habían ido… y, ahora, nada salvo la muerte podría unirnos de nuevo…
Al menos ya no soy un niño…”, sonó mi propia voz dentro de mi cabeza, “Al menos tengo 21 años, soy lo suficientemente mayor como para hacer frente a todo”. Suspiré… “O eso creo…” Mis padres ya no están, han quedado atrás, debo seguir adelante sin ellos”, me repetí a mí mismo por vez enésima, sólo en otro desesperado e infructuoso intento de convencerme a mí mismo de lo que era evidente.
Y quería, pero no podía aceptarlo. No podía soportarlo. “Pero, por qué… ¿Por qué han tenido que dejarme? ¿Por qué ha tenido que pasar todo esto?
Mis zapatillas aún estaban por el suelo, con los cordones desparramados sobre la alfombra, y mis camisetas estaban apiladas en el mismo rincón donde mamá las había dejado para planchar.
Todo a mi alrededor seguía gris y frío cuando no oí nada, pero sí sentí algo parecido a unos pasos detrás de mí. Al girarme, vi a mi amigo Marco de pie junto a la lámpara. Tenía las manos en los bolsillos y su aspecto era un reflejo de mi propio estado, pero había algo distinto en sus ojos: seguridad y aceptación.
- Yo también he perdido a alguien a quien amaba – dijo solamente.
Recordé a Raquel, su novia, y miré al suelo. Me había horrorizado pues, por un segundo, parecía haberme olvidado de ella. Pero ahora reconocía su rostro en mi mente y sí, ella también se había ido…
Ya nada volvería a ser igual.
- Tienes que deshacerte del dolor… - susurró lentamente Marco, y su voz sonó liviana y suave, tal que hecha de aire.
Quise dejar de escucharlo, pero, aunque me tapaba los oídos, seguía oyéndole como si su voz estuviera dentro de mi cabeza…
- Tienes que dejarlo ir, Pablo…
- No creo que tú te hayas desecho de tu dolor – le miré con ojos resentidos.
- No del todo, y eso es lo que me retiene anclado en esta situación – respondió en tono serio -. Eso es lo que no me deja seguir adelante…
- Entonces, si en el fondo sientes lo mismo que yo, ¿por qué vienes a decirme que lo deje ir, que me deshaga de mi dolor… ¡que me deshaga del recuerdo de mis propios padres, por Dios!?
- La diferencia entre tú y yo es que yo sé lo que tengo que hacer y tú no – respondió Marco con cierta fiereza.
Nos miramos fijamente.
- Tú ni siquiera quieres ver la realidad… - Marco bajó la vista y la voz.
- ¿Qué quieres decir?
- Te has encerrado aquí y te has negado a mirar a tu alrededor, te has negado a entender que ahora tu vida a cambiado… que ya nada será como antes.
- Sé muy bien que todo ha cambiado – repliqué -. Mis padres se han ido y he quedado sólo yo…
- Tus padres no se han ido, Pablo, no le des la vuelta. El que se ha ido eres tú…
La habitación se congeló. Me levanté envuelto en un viento frío e intenso, oscuro como la muerte, y Marco me habló entre la niebla…
- Tus padres te están enterrando.
Miré y, bajo nuestros pies, ya no había una alfombra de hilo, sino una de hierba verde y mojada.
Estaba rodeado de fantasmas…
Mi madre atravesó mi cuerpo como un espectro inexistente y avanzó hasta un hombre, al que se agarró, trémula. Todos los muertos a los que conocía rodeaban un agujero profundo que parecía sonreírme macabramente, un agujero que iba a tragarme para siempre…
- Ellos no están muertos… - dijo Marco a mi lado, clavando la vista en mis ojos de asombro, haciendo caso omiso de aquel ominoso espectáculo -. El muerto eres tú.
Quise gritar pero mi voz no se oyó. Y rugí a pleno pulmón un chillido inexistente, el mayor de los silencios, mientras la naturaleza muerta del cementerio se estremecía a mi alrededor.
Marco me redujo con dos manos gélidas, blancas y moradas. Le miré a los ojos y vi en él la más profunda de las noches. Y entonces lo comprendí, y miré hacia nuestros muertos, aquellos que se habían quedado al otro lado del velo en aquel sueño al que llamaban vida.
- Eres tú… - pude decir, mirándole fijamente -. Eres tú el que está ahí…
Marco me observó aterrorizado.
Los fantasmas bajaban el ataúd.
- Me acuerdo del accidente… Ahora lo recuerdo, Marco - farfullé, nervioso -. ¡Eres tú el que no quiere aceptarlo! Tú eres el que está muerto… Tú eres el que ha de avanzar…
Marco soltó un berrido agudo y cayó de espaldas al suelo, cayó con los brazos abiertos en cruz. La tierra pareció temblar bajo nuestros pies y abrirse en un abismo aterrador… Y mientras él se hundía en las fauces inmensas de lo desconocido, rumbo a un río que lo llevaría a las tierras lejanas de lo infinito, seguí mirando sus ojos desconcertados…
- Has acepado lo que tienes que hacer y has venido a decírmelo… Una parte de ti sabe que has venido a despedirte… Pero déjame ir… los dos sabemos que no has venido a por mí…
Sentí que caía, que ya no existía el cementerio, ni nada a mi alrededor, Marco y yo caíamos a velocidad por un cañón de piedra roja del que no se atisbaba el fin. El viento me daba en la cara y sentí latir fuertemente en el pecho mi corazón. Iba directo al otro lado. Y Marco mantenía sus ojos gélidos en mí… Y de repente me di cuenta de que mi vista se estaba nublando, cada vez era todo más blanco, más blanco… más blanco… Y Marco sonrió y me hizo un gesto, fraternal y triste al mismo tiempo, y cuando todo iba a acabar, oí su voz…
- Despierta.

Bip…, bip…, bip…, bip…
Y fui consciente de mi cuerpo, dolorido, magullado… Y mi oído escuchaba, esta vez de verdad. Y mi mano sentía otra que la sostenía y giré los ojos hacia esa persona con un soberano esfuerzo…
- Has regresado, mi vida… Estás otra vez aquí…

Escrito por: Margarita Ruiz Temprano


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